
MEXICO, Exclusivo,
Agosto 30, 2002.-
No cabe duda
que la Serie Final de la Liga Mexicana de Béisbol ha resultado muy reñida
como casi siempre que se enfrentan Tigres y Diablos.
Las emociones han estado a la orden del día y la afición beisbolera es quien
mas ha resultada beneficiada con esto.
Y en medio de este torbellino
de emociones quisiera destacar dos cosas:
La primera es la manera en que la afición se ha volcado tanto en el Foro Sol
de la cuidad de México como en el estadio Hermanos Serdan de la ciudad de
Puebla para presenciar esta Gran Serie, sobre todo en este último que se ha
visto abarrotado en los tres juegos que han tocado jugar allí, al grado de
que las entradas para los tres se agotaron en un solo día.
Es impresionante la manera en que han lucido ambos estadios de forma tal que
al verlos renace la esperanza de que el béisbol vuelva a ocupar el sitio que
en un tiempo tuvo en el gusto de la afición mexicana.
Ha sido grato escuchar el alboroto que arman ambas porras apoyando a sus respectivos
equipos, escuchar el clásico "pobres diablos, pobres diablos..." de la porra
felina; y el "pobres gatos, pobres gatos..." de la porra escarlata; el sonar
de las matracas felinas, el sonido de la sirena roja y las ingeniosas frases
de los espontáneos que azuzando a sus colegas increpan a la porra contraria
con cierto grado de agresión pero sin rebasar la frontera de la ofensa y sobre
todo sin llevar esta rivalidad mas allá del terreno meramente deportivo.
Es curioso ver como al final del juego ambas aficiones conviven en los pasillos
del estadio, en la fila para los taquitos de cochinita pibil, en los sanitarios,
en los vagones del metro, siempre en un marco de respeto, los unos felices,
los otros esperando el momento de que ambos equipos se vuelvan a enfrentar
para vengar la afrenta, una afrenta que no sale del terreno de juego, que
no exacerba los ánimos, que no provoca tragedias, pues para cada aficionado
felino o escarlata la afición del contrario es sagrada como lo es la suya
propia.
La otra cosa que quiero destacar y destacar por encima de la anterior es que
no se ha perdido el ambiente eminentemente familiar que envuelve al béisbol,
ese que provoca que familias enteras anhelen la llegada del domingo para pasarlo
en el estadio, ese que hace que las personas de la tercera edad olviden sus
achaques y sus enfermedades y se pongan a dar de saltos y gritos celebrando
una buena jugada de su equipo, ese que da fuerza a los familiares de una muchacha
minusvalida para subir cerca de 70 escalones de la tribuna naranja del foro
sol llevándola en brazos con la ilusión de ver la alegría de sus ojos cuando
los tigres anoten una carrera.
Ese ambiente que hace que el béisbol sea mas que un deporte, mas que un pasatiempo,
que hace que sea todo un estilo de vida.
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